Nos van a edificar enfrente de casa…

dicen que nos van a quitar las vistas.

Es decir, un pedazo de monte, un trozo de calle

y un solar abandonado,

en el que campan ahora las ratas a sus anchas.

Han hecho un hoyo tan profundo

como nuestra pena,

y que podríamos llenarlo de lágrimas

hasta hacer una piscina descubierta para el barrio.

Entonces yo busco mi consuelo;

mi consuelo es tan particular

como las vistas de mi infancia,

cuando vivía en un barrio de casas paralelas

donde cada bloque era un Atlas

y una enciclopedia abierta a las provincias y sus pueblos.

Cuando yo era muy niña

en el bloque de enfrente,

pude ver Madrid, asomada a mi balcón,

a través del recuerdo y el corazón de una vecina,

que me hablaba de una ciudad mágica,

donde las personas

que salían en las fotos de las revistas

eran como nosotros y podías verlas y

encontrarte con ellas en cualquier calle,

mientras ibas a la compra o dabas un paseo.

Descubrí también otros horizontes,

con sus paisajes y costumbres

a través de la tierra que latía detrás de los cristales.

Era el colorido de otros cielos,

de montes y ríos,

de postales nostálgicas

que trajeron en la retina y en su maleta

familias trabajadoras de otros lugares.

Ahora que nos van a edificar enfrente de casa,

sé que no me van a quitar las vistas;

sólo tengo que cambiar la mirada;

como cuando la vecina me llevaba de su mano

hacia un lugar encantado

donde las personas de las pelis,

eran también, de carne y hueso.

Y tan fantásticas ¡como nosotros!

© Begoña Iribarren

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